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CAPÍTULO
I
Ilusión, esperanza ilimitada y optimismo.
El
último mensaje sobre el estado de la unión enviado
por el presidente Coolidge al congreso el 4 de diciembre de 1928
transmitía ilusión, esperanza ilimitada y optimismo
al destacar las respectivas favorables por las que atravesaba
el país. Así lo muestran las cifras: las empresas
manufactureras pasaron de 183.000 a 206.700 en 4 años,
el valor de la producción total aumentó en 7`2 miles
de millones de dólares. Sin embargo, posteriormente el
presidente sería acusado de no prever la catástrofe
que se avecinaba.
En
una época en la que los negocios eran prósperos
y ser hombre de negocios significaba una suerte, afloró
en el pueblo americano un asombroso deseo por hacerse ricos con
el mínimo esfuerzo. Se podía considerar el boom
inmobiliario de Florida como la 1ª manifestación importante
de dicho afán. Cualquier americano conocía a algún
afectado por el final de este movimiento especulativo, no obstante,
la creencia en un enriquecimiento rápido gracias a que
la Bolsa aumentaba día a día.
Hubo
motivos para que se produjera dicha especulación ya que
las perspectivas eran favorables: ganancias crecientes de la sociedad
y además, durante los primeros años los precios
de los valores eran razonablemente bajos y los beneficios atractivos
pero, no se puede precisar cuando comenzó la expansión
de la Bolsa.
Así,
comenzaron a subir los precios de los títulos pero también
hubo algunos retrocesos cíclicos. Fue en 1927 cuando la
escalada de los precios de los valores comienzan a ser firmes
y, a pesar de que no se generan beneficios amplios éstos
dan la impresión de ser estables pues sólo 2 de
los índices mensuales de 1927 no señalan aumentos,
cortando el mercado con un número considerable de votos.
En
1925 Inglaterra vuelve al patrón oro y a la paridad oro-dólar-libra.
Seguramente la grandeza de la libra impresionaba más a
Churchill que las consecuencias que traería. Durante éstos
años, los precios arrastran la inflación de la guerra
por lo que Inglaterra se convierte en un lugar poco atractivo
para los extranjeros y al mismo tiempo es un excelente mercado
al que vender. Esto supone el inicio de la crisis interior y de
la Balanza de Pagos británica.
Al
mismo tiempo, el oro de Europa e Inglaterra escapa a EE.UU. que
ofrece buenos precios y elevadas tasas de interés. Por
ésta razón, en 1927 los gobernadores de los principales
bancos europeos, Schacht, Rist y Norman viajan a EE.UU. para discutir
sobre la urgente necesidad de arbitrar una política monetaria
más fluida. La Reserva Federal fue complaciente y el tipo
de redescuento del mismo se redujo de 4% - 3`5%.
Este
acto tuvo una consecuencia inmediata pues se compraron valores
gubernamentales en cantidades considerables permitiendo a sus
vendedores constituir una importante masa de ahorro. Esta medida
adoptada por el sistema de la Reserva Federal fue calificada por
algunos como la más vasta y funeraria operación
jamás realizada por el sistema.
Los
fondos liberados por la Reserva Federal fueron invertidos en acciones
ordinarias ó incluso pasaron a formar una masa de dinero
disponible para financiar la compra de acciones ordinarias por
otros. Equipado con éstos fondos el público se precipitó
sobre el mercado.
A
partir de entonces, según el Profesor Lionel Robins de
"London School of Economics" se perdió totalmente
el control de la situación. El punto de vista según
el cual la acción de la Reserva Federal en 1927 fue el
factor responsable de la especulación y colapso subsiguiente
no ha sido refutado hasta el momento. Por otro lado, hay razones
que la hacen atractiva sin aceptación ya que exime al pueblo
y al sistema económico americano de cualquier culpa. Se
responsabiliza por otro lado a aquellos que se dejaron guiar por
extranjeros y se da por supuesto que siempre que el público
tenga dinero suficiente se tenderá a la especulación.
Algo nada más lejos de la realidad, ya que en otros momentos
de la historia han habido créditos abundantes y más
baratos que en el período 1927-1929 y la especulación
no fue relevante. Tampoco fue incontrolable la situación
después de 1927; únicamente quedó fuera del
alcance de unos hombres que no querían de ninguna manera
controlarla.
Hasta
comienzos de 1928, incluso las mentalidades más conservadoras,
todavía creían que el alza de las acciones ordinarias
tenía que ver con el beneficio de las sociedades y consideraron
con agrado posteriores incrementos pensando que la política
fiscal de la Administración sería prudente. Pero
inmediatamente se apreció el cambio en la naturaleza del
auge. Comenzó la escapada en masa al mundo de lo irreal,
componente fundamental de la verdadera orgía especulativa.
Pero
aún fue necesario tranquilizar a quienes tenían
algún contacto con la realidad, y los procedimientos para
procurar aliento y confianza (inventar el símil del auge
de Florida) alcanzaron con el tiempo la categoría de profesión.
En
1928 comenzó el desmedido auge. Los meses de invierno fueron
más bien tranquilos en el mercado pero después la
Bolsa comenzó a subir a grandes saltos. A veces caía
estrepitosamente pero al poco tiempo se recuperaba y volvía
a subir todavía más alto. En marzo el índice
de valores industriales del Times ganó casi 25 puntos;
ganando algunos de 10- 20 puntos en una sola sesión. El
día 12 de marzo los valores Radio (para muchos verdadero
símbolo especulativo) ganaron 18 enteros; al día
siguiente perdieron 20. Posteriormente experimenta un aumento
de 15 y un retroceso de 9 enteros. Unos días más
tarde, tras una emocionante sesión ganaron 18. Así,
la euforia de los grandes profesionales de contratación
llegó a cotas nunca alcanzadas hasta entonces.
Pero
incluso los más fervorosos devotos de la doctrina del mercado
libre creen en la existencia de hombres importantes con gran influencia
sobre el mercado. De ser cierta ésta suposición
podríamos señalar a John J. Raskob como su figura
más relevante. Era uno de los directores de General Motors,
en estrecha alianza con el clan Du Pont; y pronto pasaría
a ser presidente del Comité Nacional Demócrata.
El
23 de marzo de 1928 Raskob habló de las extraordinarias
perspectivas en las ventas de automóviles y de la participación
que en éstas tendría General Motors. Tal era el
"poder mágico de su nombre" que sus palabras
propulsaron al mercado. El mismo día 24 General Motors
ganó casi 5 enteros y dos días después se
situaba en 199. La impresionante expansión de General Motors
favoreció incluso una explosión de las cotizaciones
a lo largo de la lista de valores.
Otro
de estos hombres fue William Crapo Durant; organizador de General
Motors que tras ser despedido en 1920 se dedicó plenamente
a la Bolsa después de un periplo por la industria del Automóvil.
También cabría nombrar a los siete hermanos Fisher
y Arthur W. Cutten.
Durante
las 3 primeras semanas de junio las pérdidas fueron casi
tan grandes como las ganancias de marzo. El día 12 de este
mes cambiaron de manos 5.052.790 títulos por lo que el
ticker (indicador telegráfico de valores), se retrasó
casi 2 horas. Algunos periódicos de New York anunciaban
el fallecimiento de la Bolsa, pero en julio hubo una pequeña
ganancia neta y en agosto la tendencia alcista aumentó
de ritmo.
Ni
las conjeturas políticas procedentes de las campañas
electorales lograron inquietar a los inversores. El republicano
Hoover resultó elegido por abrumadora mayoría, el
cual en sus memorias dijo que ya en 1925 comenzó a preocuparse
por la creciente marea especulativa; preocupación que se
fue transformando en alarma y temor. Los esfuerzos por llevar
a las prácticas sus pensamientos fueron continuamente frustrados
por Coolidge y el Consejo de la Reserva Federal. Paradójicamente
su elección supuso un incremento jamás registrado
en la contratación de valores: el 7 de noviembre se vendieron
4.894.670 títulos, el día 16, 6.641.250, superando
el record del 12 de junio, con una ganancia en el índice
industrial del Times de 4`5 puntos, el 20 de noviembre la contratación
fue de 6.503.230 títulos en otra impresionante sesión.
Pese
a un diciembre no muy bueno, el año cerró con un
aumento en el índice industrial del Times de 86 puntos
(de 245 a 331). Radio sube en 1928 de 85 a 420, Du Pont de 310
a 525, Montgomery Ward de 117 a 440 y el volumen alcanzado en
la contratación de valores registró la cifra de
920.550.032 (Bolsa de New York). Pero este año, también
surgió otro dato en el que se reflejaba la situación
del mercado, el aumento de las operaciones a plazo con fianza.
Mediante
este sistema el comprador adquiría un derecho absoluto
sobre su propiedad en una operación de venta incondicional,
librándose de hacer efectivo el precio de compra mediante
la cesión de sus títulos como garantía por
el préstamo que permitió pagarlos. El comprador
obtiene todos los beneficios derivados de un eventual incremento
del valor de sus acciones y además, los dividendos derivados
de los títulos comprados.
Pero
en aquella época los dividendos a menudo eran muy inferiores
al interés del préstamo pues oscilaban entre nada,
1 ó 2%; en cambio el interés de los préstamos
solía situarse entre un 8 y un 10% e incluso más.
El especulador se desprendía de todas las ventajas inherentes
a sus títulos excepto la concerniente a la posibilidad
de un aumento de capital.
Los
bancos suministraban los fondos a los agentes de cambio, éstos
a los clientes y las garantías regresaban de nuevo a los
bancos. La fianza, cantidad al contado que el comprador suministraba
al agente, además de los títulos, para respaldar
y proteger el préstamo contra posibles pérdidas
y que debía ser aumentada si el valor de los títulos,
que sirven como garantía, disminuyesen, reduciendo en consecuencia
la protección que se procuran, se calculaba su esfuerzo.
El
sistema procuraba comodidad al especulador y facilitaba la especulación
y dichos préstamos se convertían en un auténtico
índice con el cual medirla.
A
principios de los años 20 el volumen de dinero suministrado
a través de estos préstamos, oscilaba entre 1000
y 1500 millones de dólares; a comienzos de 1926 la cifra
se situaba en 2500 millones de dólares. El día 1
de junio de 1928 los préstamos alcanzaron los 4000 millones
y 5000 el 1 de noviembre. Al finalizar el año el volumen
ascendía a 5.722.258.724 dólares.
La
gente acudía en masa a comprar títulos a plazo con
fianza. Los bancos de New York se hicieron cargo de los costes
de propiedad al tiempo que se convertían en agentes de
los prestamistas de todo el país e incluso de todo el mundo.
Paradójicamente, la especulación en valores permite
que los préstamos que las hacen posible sean una de las
inversiones más seguras ya que están cubiertos por
títulos (que pueden ser vendidos en cualquier momento)
y además por una fianza monetaria. Dichos préstamos
se situaban a comienzos de 1928 al 5% alcanzando la última
semanas del año el 12%.
Por
ello, hombres de todo el mundo dirigieron su dinero a Wall Street
con el objetivo de financiar éstas operaciones y las sociedades
preferían colocar su capital activo en estas operaciones
antes que en su propia empresa e incluso algunas preferían
financiar la especulación antes que producir bienes. Así,
los bancos pedían prestado al 5% a la Reserva Federal y
lo prestaban en el call market en un 12%.
CAPÍTULO
II
"¿Era
necesario hacer algo?"
Ante
estas desmedidas actividades especulativas, 1929 quedó
predestinado a convertirse en un año relevante, ya que
todas las explosiones especulativas tarde o temprano llegan a
su fin y cuando los precios dejasen de subir, las compras a plazo
con fianza carecerían totalmente de sentido; todos querrían
vender y el mercado se derrumbaría irreludiblemente.
El
planteamiento de la necesidad de hacer algo comenzó a rondar
las cabezas de algunos de los responsables. Pero algunos necesitaban
que continuase ya que gracias a ello se atiborraban de dinero
y para aquellos que se dieron cuanta el cómo actuar suponía
un serio problema; pocos creían en las posibilidades de
un descenso progresivo. La verdadera alternativa estaba entre
un desplome inmediato o un desastre posterior.
Entre
los verdaderos responsables, el presidente Coolidge no sabía
ni se preocupaba por lo que estaba sucediendo. El Secretario del
Tesoro, Andrew W. Mellon, era partidario de no intervenir, de
modo que la responsabilidad paso al Consejo de la Reserva Federal
y a los Bancos del Sistema. La historia de aquellos tiempos prefiere
calificar a las autoridades de la Reserva Federal de impotentes
más que de inconscientes o perversos.
Los
instrumentos tradicionales de control consistentes en operaciones
de mercado abierto y manipulación del tipo de redescuento
resultaron poco menos que inútiles. Las operaciones de
venta en 1928 y 1929 de bonos encaminados a absorber la disponibilidad
de los fondos que estaban alimentando el mercado, apenas produjeron
afectos sobre el mercado.
El
otro instrumento de la política monetaria, el tipo de redescuento,
era del 5% en enero de 1929 en el Banco de la Reserva Federal
de New York y el tipo de los préstamos destinados a financiar
las operaciones a plazo con fianza en la Bolsa que oscilaba entre
el 6 ó el 12%. Los bancos comerciales solicitaban préstamos
a los Bancos de la Reserva a esta tasa para poder satisfacer préstamos
por encima de lo que permitían sus propios recursos.
Sólo
si se hubiese incrementado fuertemente el tipo de redescuento
estas operaciones hubiesen dejado de ser provechosas para los
bancos, pero esta medida sería impopular ya que no sólo
habría afectado a los especuladores sino que hubiera elevado
el tipo de interés de los demás consumidores.
El
14 de Febrero de 1929 el Banco de Reserva Federal de New York
propuso aumentar la tasa de redescuento del 5 al 6%. El Consejo
de la Reserva Federal consideró que esta medida sólo
tendría efecto en los prestatarios ordinarios. El presidente
Hoover se decantó del lado del consejo y contra el Banco
de New York y el tipo no subió hasta finales del verano.
La
inactividad de las autoridades encontró otra excusa en
la llegada de los ya mencionados fondos de sociedades y particulares.
Algunas sociedades llegaron a vender sus valores para utilizar
los fondos así obtenidos en la concesión de préstamos
en el mercado de valores. La Reserva Federal daba por supuesto
que no tenía influencia sobre esta oferta de fondos.
Pero
ésta pudo haber actuado, y a ella hay que señalar
como la única responsable de su propio desamparo. Se pudo
haber solicitado del Congreso poderes para detener las operaciones
a plazo ó para poder regular las fianzas que pese a no
ser bajas (45 ó 50% del valor), una fianza de 75% hubiese
obligado a vender incluso a algunos poderosos especuladores. Incluso
una seria denuncia de los especuladores y la especulación
ó un aviso de que el mercado estaba demasiado alto habría
sido suficiente. Pero la posibilidad de un efecto devastador mantenía
cerrados los labios de los responsables por el miedo a las consecuencias
que sin duda recaerían sobre quien pronunciase dichas palabras.
Mientras
tanto, parecía que se iba a subir a lo más alto
antes del salto al vacío. En enero el índice industrial
del Times señalaba una ganancia de 30 puntos y en cinco
días diferentes se llegó a alcanzar la cifra de
8 mill. De acciones negociadas.
El
2 de febrero el Consejo se decidió a escribir una cara
dirigida a los Bancos del Sistema y de nuevo el día 7 del
mismo mes una tímida nota advertía al público.
Estas medidas persuasivas que posteriormente fueron calificadas
de "persuasión moral", junto con la noticia de
una subida en un punto del tipo de interés en Gran Bretaña,
sólo consiguieron detener el auge unos días, ya
que el mercado volvió a recuperarse de las consecuentes
caídas iniciales.
La llegada de marzo de 1929 estuvo precedida por las palabras
de Coolidge en las que hacía referencia a la baratura de
los títulos y la buena salud económica del país.
Durante las dos semanas siguientes a la toma del poder asumida
por Hoover el mercado continuó su enérgica escalada.
Hacia
final de mes se conoció la noticia de que el Consejo se
reunía diariamente en Washington y los periodistas no conseguían
ninguna revelación sobre el tema de las reuniones. El 25
de marzo la incertidumbre irrumpió en el mercado, el silencio
de Washington provocó las ventas en el mercado, valores
importantes perdieron 12 ó más enteros, el índice
industrial del Times retrocedió 9`5 puntos y los bancos
disminuyeron sus préstamos a las operaciones a plazo con
fianza y aumentaron el tipo de interés de sus créditos
bursátiles al 14%. El día siguiente fue aún
peor, con pérdidas de 20 y 30 enteros; los agentes enviaban
sus telegramas a sus clientes solicitando un aumento de las fianzas.
En la mañana del 26 de marzo el tipo de interés
del call money llegó al 20%.
Parecía
ser el principio del fin. La intervención de personas partidarias
del auge evitó que, de momento, esto sucediese. El más
relevante de estos personajes fue Charles E. Mitchell, uno de
los Directores del Banco de Reserva Federal de New York, que además
estaba a la cabeza de uno de los más importantes bancos
comerciales. En una intervención a la prensa el mismo día
26, reclamó la necesidad de actuar aún a costa de
contravenir la advertencia de la Reserva Federal, para evitar
la crisis del mercado y anunció que el National City Bank
prestaría dinero para cubrir las eventuales liquidaciones
y que incluso pediría prestado al Banco de la Reserva Federal
de New York. Todo lo contrario a lo que el Consejo de la Reserva
Federal había aconsejado hacer.
La
intervención de Mitchell, junto con el posterior silencio
de la Reserva Federal, tuvo un efecto tranquilizador inmediato.
El mismo día 26, al acabar la sesión, los tipos
se estabilizaron y el mercado experimentó una ligera animación.Mitchell
recibió críticas por su intervención pero
aún más críticas recibió la Reserva
Federal por la suya, a pesar de que ésta no pudo ser más
tímida.
Mitchell
ganó la partida a la Reserva Federal y esta abandonó
la escena dejando únicamente sobre el tapiz una ligera
inquietud ante una posible intervención suya, pero esta
había decidido desentenderse de toda responsabilidad.
En
agosto se acordó la subida al 6% de la tasa de redescuento,
medida que solamente afectó al mercado un día. No
había motivo de preocupación por aquél entonces
ya que la mayoría de los responsables, el presidente Hoover
entre ellos, había decidido permanecer al margen.
CAPÍTULO
III.
"In
Goldman, Sachs We Trust".
El
año del crac comenzó en Wall Street únicamente
con la preocupación por la política monetaria de
la Reserva Federal. El fervor por la adquisición de valores
llegó hasta tal punto, que pese a existir una gran oferta,
la demanda los convirtió en un bien escaso. La imaginación
de la época se desbordó creando compañías
y sociedades con valores que vender. Así mismo se produjeron
concentraciones y fusiones de sociedades, con las consiguientes
emisiones de nuevos títulos para financiar las concentraciones
orientadas a unificar sociedades distribuidas por la geografía
del país y conferirles una nueva y dinámica administración
centralizada. Los holdings (servicios al público)
y las cadenas generales corporativas (cines, almacenes, tiendas…)
emitían títulos con el objeto de continuar su expansión,
siendo una de las más relevantes de aquel momento Montgomery
Ward.
Algunas
compañías se crearon con el único objetivo
de capitalizar el interés público hacia las industrias
con amplios horizontes y también para justificar la emisión
de nuevos títulos. En algunos casos el único activo
de estas compañías consistía en su excelente
porvenir.
De
todos modos el auge económico del 29 se fundamentó
en industrias y empresas reales y verdaderamente existentes donde
el papel jugado por estas nuevas y prometedoras empresas no fue
muy relevante.
Los
trusts de inversión mobiliaria fueron el instrumento
más significativo de este mecanismo especulativo. No promovían
nuevas empresas ni la ampliación de las existentes, únicamente
servían de intermediarios entre el público y las
compañías estadounidenses. Además posibilitaban
un volumen de valores en circulación mayor que los activos
reales de las empresas y esta fue la maniobra que propició
su expansión.
En
un principio, los primeros trust norteamericanos funcionaban
como verdaderas agencias de administración y tutela, basaban
su actividad en un riguroso estudio del mercado y se caracterizaban
por su cautela y prudencias. Pero todo esto empezó a desaparecer
conforme avanzaban los años veinte. Se convirtieron en
sociedades anónimas de inversión que vendían
sus valores a particulares e invertían las ventas donde
más les convenía.
Su
inscripción en la Bolsa de New York no se permitió
hasta 1929 y se exigía una inspección previa; la
mayoría se negaba y esto fue interpretado como una precaución
y en nada afectó a la excepcional confianza en ellos.
En
1928 aparecieron 186 nuevos trusts y 265 en 1929. En ese
mismo año vendieron 3.000 millones de dólares en
títulos y su activo se calculaba en 8.000. Aparecieron
patrocinados por bancos, agencias de cambio e incluso otros trusts.
El precio de los valores emitido negó a ser incluso el
doble del de propiedad a que hacían correspondiendo esta
sobretasa al valor que para la comunidad representaba la excepcional
pericia de estos "genios".
Conscientes
de la reputación adquirida no dudaron en aumentarla, y
de este modo, profesores de diversas universidades del país
y de un reconocido prestigio pasaron a dirigir y asesorar dichos
trusts. La historia posterior de las compañías
dio a entender que la intervención de aquellos expertos
no fue en muchos de los casos acertados.
Ante
un abanico tan amplio de ofertas, el problema residía en
la elección por parte de los inversores entre un trust
"bueno" y un trust "malo".
En
1929 los trusts venían también caracterizados
por el llamado "mecanismo de la palanca". Se hablaba
así de trusts de alta-palanca, baja-palanca, ó
trusts sin palanca. La expresión hacía referencia
a que un leve movimiento en un lado producía un gran efecto
en el otro. El capital del trust (compuesto por obligaciones,
acciones preferentes y acciones ordinarias) invertido podía
incrementarse en un 50% en el primer semestre del 29, las obligaciones
y las acciones preferentes, con un rendimiento ya especificado,
no sufrían alteraciones y de este modo eran las acciones
ordinarias las que conseguía un aumento espectacular. Si
estos títulos ordinarios fuesen a su vez detentados por
un segundo trust, las acciones ordinarias del segundo trust
aumentarían su valor astronómicamente y así
sucesivamente.
La
rapidez con que empezaron a patrocinarse trusts, que así
mismo patrocinarían otros trusts, fue impresionante.
La
llegada del crac puso de manifiesto que esas espectaculares progresiones
geométricas podían igualmente convertirse en catastróficas
cuando el mecanismo se accionaba con una maniobra en el otro lado
de la palanca.
De
los muchos trusts surgidos en la época, merecía
una especial atención la Compañía de Goldman
y Sachs. Su incorporación al negocio de los trusts
de inversión fue más bien tardía. Así
el 4 de diciembre de 1928 patrocinaban la Goldman, Sachs Trading
Corporation con una emisión de 1.000.000 de acciones a
100 dólares adquiridas por Goldman, Sachs and Company.
Seguidamente vendieron el 90% de las acciones ordinarias al público
por 104 dólares. En febrero, éstas acciones se pagaban
a 136`50 el día 2 y a 222`50 el día 7. Fue un alza
motivada en gran parte por el propio entusiasmo de la compañía
en sus propias acciones ya que llegaron a comprar importantes
cantidades de las mismas. Tras una fusión con otro trust
en febrero y un período de preparación para nuevas
y magnánimas actividades, presentan la Shenandoah Corporation,
con una emisión inicial de 102.500.000 de dólares,
ya de acciones ordinarias y preferentes (utilizan las ventajas
de la "palanca") divididas en 5 millones de acciones
de las que Trading Corporation adquirió dos.
Los
valores ofrecidos llegaron a alcanzar ocho veces y una fracción
su valor, y otras posteriores hasta 7 veces su valor nominal.
En los días del desastre se pagaban a 50 centavos. Sólo
25 días más tarde aparece Blue Ridge Corporatión
patrocinada por Shenandoah, con una participación en sus
acciones ordinarias de más del 86%, con la novedad de poder
cambiar acciones de otras compañías por las suyas.
En total, las operaciones de Goldman y Sachs, superaban la cifra
de más de 250 millones emitidos en acciones en menos de
un mes. Dos días después del nacimiento de la Blue
Ridge, se adquirió un trust por parte de Goldman, Sachs
Trading Corporation, dueño asimismo de otros pequeños
trusts y un banco comercial.
Durante
agosto y septiembre, extraño era el día en el que
no se constituía un trust superando los 600 millones de
dólares de las ofertas de valores de trusts de inversión
en este último mes.
CAPÍTULO
IV.
Crepúsculo
de la Ilusión.
La
actividad del verano de 1929 fue frenética. A la gran expansión
de los trusts se unieron alzas increíbles en el mercado
de valores; en los tres meses de verano el índice industrial
del Times ganó 110 puntos (de 339 a 449), sólo en
junio. Fue de 52 puntos. Todo el año 1928 registró
una ganancia de 86`5. Los valores individuales registraban comportamientos
increíbles y la negociación en la bolsa de New York
oscilaba entre los cuatro y cinco millones de títulos diarios.
Sin
embargo, y pese a que Wall Street seguía dominando claramente
el mercado, otros mercados menores experimentaron un auge inusitado.
Nuevos y apasionados títulos, como los de Shenandoah y
Blue Ridge, se negociaban en el Curb ó en Boston (muchas
de ellas no se arriesgaban a contestar el formulario previo a
la inscripción en Wall Street). A las ciudades que no propusieron
la creación de su propio mercado se las considera retrógradas.
Los
préstamos bursátiles se incrementaban en 400 millones
cada mes; la cifra total al final del verano superó los
7000 millones. Las críticas de quienes pensaban que estos
préstamos facilitados por los agentes de cambio tenían
que ver con el volumen de las compras con fianza, lo cual propiciaba
la desmedida especulación, fueron acalladas enérgicamente.
El Midland Bank de Cleveland aseguró después de
ciertos estudios que estos préstamos únicamente
llegarían a ser peligrosos si alcanzasen la cifra de 12
billones.
Los
optimistas del momento eran muchos y variados, y la mayoría
muy elocuentes. El prestigio también formaba parte de muchos
de ellos, entre estos el eminente profesor Irvig Fisher, de Yale
y la Hardvard Economic Society que emitía regularmente
informes de la situación. Incluso los banqueros dejaron
a un lado su habitual pesimismo y empezaron a formar parte activa
en esta ola de optimismo.
La
prensa también contribuyó a la divulgación
de dicho optimismo. Algunos periodistas incluso comenzaron a cobrar
dinero por informaciones privilegiadas que supuestamente obtenían
en el ejercicio de su profesión.
Ante
esta avalancha de optimismo aquellos que en algún momento
osaron emitir algún comentario desfavorable recibía
críticas, a pesar de que en su mayoría indicaban
seguidamente que lo hacían no sin temor ni angustia. Entre
ellos figuraba el prestigioso Paul M. Warburg del International
Aceptance Bank que llegó a alentar a la Reserva Federal
con el fin de que detuviese la orgía especulativa que según
él, conduciría a una depresión general a
todo el país. Warburg fue calificado de saboteador de la
prosperidad.
La
prensa financiera especializada, tampoco se dejó llevar
por la nube especulativa. Los servicios como los de Poor o los
de la Standard Statistics, calificaron la situación de
"gran espejismo de las acciones" ó consideraban
que en Wall Street se había "perdido la cabeza".
El New York Times fue, si cabe, el mayor de los escépticos,
eran constantes sus referencias a un seguro juicio final financiero.
En los anteriores recesos del mercado incluso llegó a firmar
que este fin había llegado. El verdadero crac no fue recibido
con alegría en el Times pero sí con una total ausencia
de pena.
En
el verano del 29 Steel United Corporations y otros, ocupaban el
tema central de conversaciones entre personas que desconocían
el mercado de valores y los agentes de cambio ó consejeros
de inversión aparecían rodeados de artistas, poetas,
y bellas mujeres. La prensa hacía referencia a un ama de
casa moderna que "lo mismo hacía la compra que invertía
en Steel", aunque en realidad para ellas Steel tenía
más que ver con un precio que subía en un mapa que
con minas, barcos, etc.
Una
Comisión senatorial realizó una investigación
años más tarde en la que 29 entidades bursátiles
de 1929 arrojaban la cifra de 1.548.707 clientes (la población
de EE.UU. era de 120 millones, unas 29 ó 30 millones de
familias). Sólo unas 600.000 cuentas eran a plazo, según
las casas de cambio (cifra en cierto modo duplicada ya que un
buen número de especuladores tuvo cuentas con más
de un agente) y unos 950.000 clientes eran de pago al contado
(aunque algunos de estos pidiesen prestado fuera del mercado).
Las
operaciones de estilo pool y sindical -manipulaciones-
también tuvieron su hueco en 1929, más de un centenar
de emisiones en la bolsa de New York lo fueron y en ellas participaron
los miembros de la Bolsa ó sus socios. Diversos miembros
"sindicaban" sus recursos para elevar un determinado
valor. Las operaciones de compra elevaban el precio y atraía
al público, además, informes confidenciales y comentaristas
bursátiles no dejarían de hablar de las excelentes
perspectivas.Si la operación salía como se esperaba,
el público acudía a comprar y los precios subirían.
El resto de la emisión se liquidaba y se repartían
los beneficios.
La
creencia de que el mercado dependía cada vez más
de estas manipulaciones fue en aumento. Para los especuladores
la detección a tiempo de algún pool era sustancialmente
importante y no perdían de vista las evoluciones de la
cinta. Las oficinas de los agentes de cambio se abarrotaban, el
ticker service se extendió por todo el país,
incluso las entidades de cambio instalaron dependencias a bordo
de grandes trasatlánticos.
El
día 3 de septiembre se negociaron 4.438.910 acciones en
la Bolsa de New York, los préstamos a 24 horas (call
money) se pagaron al 9%, el tipo de descuento bancario fue
del 6`5% y el de redescuento en el Banco de la Reserva Federal
de New York el 6%. El mercado se mantuvo firme; American Tel and
Tel alcanzó 304 enteros, U.S. Steel 262, General Electric
396, Radio Corporation of America subió a 505. Las cifras
de los préstamos de los agentes alcanzaron los 137 millones
en la última semana y los Bancos de New York solicitaron
préstamos de la Reserva Federal por valor de 64 millones,
para satisfacer su demanda. La entrada de oro extranjero a New
York en agosto había sido considerable.
Pero
el 3 de septiembre significó también el fin del
gran mercado alcista de los años veinte. En los días
siguientes el mercado no volvería a mostrar su firme confianza.
El
día 4 todavía se mantuvo un buen tono; el día
5 el mercado comenzó a bajar. El índice industrial
del Times bajó 10 puntos, Steel bajó 9 enteros,
Westinghouse 7 y Tel and Tel 6, se apresuraron las ventas y consecuentemente
la contratación se situó en 5.565.280 acciones.
Los
comentarios al respecto volvieron a surgir (entre ellos uno de
los más contundentes fue el de un erudito y meticuloso
Roger Babson) y como a otros anteriores, se les dispensó
la misma atención.
Tras
una efímera recuperación, el 9 de septiembre volvió
a producirse otro retroceso, los días siguientes la curva
produjo algunas oscilaciones pero empezaba a definir su trayectoria.
Aún
se constituyeron nuevos trusts, nuevos especuladores llegaban
cada día al mercado y los préstamos bursátiles
seguían aumentando, pero aquello era el principio del fin.
CAPÍTULO
V.
El Crac.
Una
teoría más aceptada sobre los sucesos de 1929, basa
dichos sucesos en el hecho de que la economía decreciese.
El índice de producción industrial bajo nueve puntos
de junio a octubre, también descendió la producción
de acero y el transporte por ferrocarril. La industria de construcción
de viviendas acabó en bancarrota. El mercado de valores
según este criterio no hizo otra cosa que reflejar la situación
económica. Pero esta recesión económica hasta
septiembre u octubre era muy ligera, no había razones para
pensar que no se pudiese dar la vuelta a la situación,
lo cual tampoco dio motivos para pensar en el desastre. Después
del crac, aparecieron argumentos suficientes para justificarlo
y para suponer una situación peor todavía.
Dos
sucesos acaecidos en otoño de 1929 han sido relacionados
con el crac. El primero, fue la quiebra y descubrimiento de la
estafa de las empresas de Clarence Hartry en Inglaterra (un imperio
levantado sobre un negocio de maquinas tragaperras fotográficas
y de venta de artículos), ocurrido el 20 de septiembre
y que se cree que minó la confianza en los negocios de
la Bolsa de New York. El segundo, fue una decisión del
Departamento de Servicios Públicos de Massachusetts que
negaba la solicitud de Boston Edison para partir su papel, argumentando
que los movimientos especulativos habían hecho subir su
precio a un nivel poco razonable. Según esta teoría,
éste fue el punto de partida para que muchos pensasen que
el auge había tocado techo.
Pese
a todo, la Bolsa de New York seguía registrando volúmenes
de contratación muy altos en septiembre; los préstamos
bursátiles aumentaron casi 670 millones y la prensa publicaba
a diario, reportajes y declaraciones de los nuevos magnates del
sistema como I. Krenger, Samuel Insull y Mitchell, y de reconocidos
eruditos como Irving Fisher que pronosticaban nuevas altas
El
domingo 20 de octubre los periódicos hacían referencia
al descenso de las operaciones a plazo, pues el importante descenso
del valor de las acciones los días anteriores hacía
insuficiente las fianzas depositadas. Por otro lado hablaron de
que el mercado comenzaría a recibir un "sostén
organizado", frase que cobraría fama en días
posteriores y que significaba que hombres poderosos se organizarían
para mantener los precios.
El
lunes 21 llegó con ventas que superaron los 6 millones.
El ticker se retrasó más de una hora y la
incertidumbre creada impulsaba a la venta. Al final de la jornada
el mercado recuperó parte de las pérdidas y el martes
se registraron algunas ganancias. El mercado mostraba una tímida
capacidad de recuperación. Fisher argumentaba sus declaraciones
explicando que el mercado no reflejaba aún los beneficios
de la prohibición, que había transformado al trabajador,
haciendo más productivo y digno de confianza. Babson aconsejaba
vender y comprar oro.
El
miércoles 23 desapareció de un plumazo la tímida
recuperación y se registraron fuertes pérdidas.
El índice de valores industriales bajo 31 puntos, desapareciendo
así las ganancias desde finales de Junio. La prensa habló
de que la mañana siguiente se comenzaría a apreciar
el "sostén organizado".
El
jueves 24 de octubre de 1929 pasaría a la historia como
El Jueves Negro. Tras un breve comienzo en el que los precios
se mantenían firmes, una oleada de ventas inundó
el mercado y muchas de estas ni si quiera encontraron comprador.
Únicamente cuando el desplome fue vertical surgieron las
pujas. Ése día llegaron a realizarse 12.894.650.
trasferencias. El ticker volvió a retrasarse, y
a las once el colapso era total. En aquellas salas del país
con indicadores, los títulos piloto reflejaban las espantosas
caídas. La incertidumbre no hacía sino impulsar
aún más si cabe las ventas, muchos vendieron todo
y se retiraron ante su imposibilidad de incrementar sus fianzas.
El pánico atravesó los muros de la Bolsa y la gente
se apiñaba en la calle para ver que pasaba. Las Bolsas
de Chicago y Buffalo cerraron y comenzaron a producirse los suicidios
de algunos especuladores.
A
las 12 del medio día se conoció la noticia de que
se había convocado una reunión en las dependencias
de J.P. Morgan and Company, donde se dieron cita los financieros
más poderosos de la nación, que en poco tiempo decidieron
aunar recursos para sostener el mercado; había aparecido
el sostén organizado. Se autorizó a los periodistas
a que difundiesen la noticia de que los banqueros habían
resuelto restaurar la situación. La noticia de la reunión
se hizo sentir inmediatamente en la Bolsa y los precios comenzaron
a subir.
A
la una y treinta minutos apareció Richard Whitney, vicepresidente
de la Bolsa y Agente del clan Morgan ofreciendo comprar 10.000
acciones de Steel a 205 (precio de la última venta y superior
a los ofrecimientos) e hizo lo mismo con otros valores. La intervención
de los banqueros hizo efecto y como era de esperar los precios
comenzaron a subir.
A
lo largo de la mañana se produjeron muchas stop-loss
orders (órdenes de venta a un precio mínimo
determinado con el fin de poner un tope a las pérdidas)
y aunque siguieron llegando otras a la hora del cierre, que debilitaron
el mercado, la oferta creciente de títulos hacía
caer los precios, pero la acción de los banqueros había
conseguido dominar la situación. El índice industrial
del Times cedió únicamente 12 puntos (el día
anterior había llegado a 31).El ticker acabó
de emitir las cotizaciones a las siete y ocho minutos de la tarde.
Charles E. Mitchell declaró esa tarde que "la crisis
era puramente técnica".
Las
jornadas del viernes y del sábado parecieron confirmar
la idea de que el mercado había vuelto a la calma tras
la actuación de los banqueros. La contratación fue
muy alta, con 6 millones el viernes y 2 el sábado; los
precios se mantuvieron estables y los índices registraron
un leve aumento el viernes descendiendo ligeramente el sábado.
La situación parecía haber sido controlada y el
optimismo volvió a hacer acto de presencia. A las declaraciones
tranquilizadoras se unieron otras que consideraban que después
del descenso de los precios, el valor de los títulos los
hacía muy apetecibles.
CAPÍTULO
VI.
Se
agrava la situación.
Crisis
acaecidas con anterioridad en la Bolsa de New York coincidían
en que concluían una vez que éstas habían
tenido lugar. En cierto modo el alcance de "lo peor"
podía determinarse. En 1929 lo peor dio muestras de poder
superarse así mismo. Aquellos que pudieron hacer frente
a la solicitud de un aumento de sus fianzas tras las primeras
caídas no tardaron en recibir nuevos requerimientos. Los
que esperaban un desmoronamiento de los precios para realizar
sus pujas vieron como aquellos valores "ganga" eran
susceptibles de despreciarse mucho más aún.
El
lunes 28 fue un día realmente triste. La contratación
aunque inferior a la del jueves alcanzó la fenomenal cifra
de 9 millones y un cuarto. Pero fue mucho peor. El índice
industrial del Times retrocedió 49 puntos. General Electric
perdió 48 puntos; Tel and Tel 34, Steel, 18. El ticker
volvió a retrasarse dejando entrever las malas noticias.
La
noticia de que Mitchell había entrado en las oficinas de
Morgan provocó una leve reacción pero la ayuda no
llegó y los precios se desplomaron vertiginosamente. Parece
ser que Mitchell fue únicamente a pedir un préstamo
personal.
Una
segunda reunión convocada en esa misma tarde en la sede
de Morgan culminó con una declaración desmoralizadora,
tenían intención de organizar adecuadamente el mercado
de forma que, coincidieran a un cierto precio, ofertas y demandas,
pero no era su intención mantener un nivel de precios ni
proteger las ganancias de nadie. El compromiso de los banqueros
no podía competir con la avalancha de ventas.
El
martes 29 se pulverizaron todos los registros negativos ocurridos
hasta la fecha en la Bolsa de New York. Únicamente el descenso
de los precios del lunes superó los de aquél día.
Se transfirieron 16.410.030 títulos y muchas de las órdenes
de venta ni siquiera encontraron comprador. El retraso del ticker
a la hora del cierre era de dos horas y media. Al final del día
se produjo una recuperación que impidió que las
pérdidas fueran todavía mayores no obstante el índice
industrial del Times terminó cediendo 43 puntos. Valores
como Steel se hundieron a 167 recuperando al final hasta 174.
Westhinghouse que el 3 de septiembre cerró a 286 abrió
a 131, cayó hasta 100 para terminar cerrando a 126.
Los
trusts de inversión llevaron la peor parte, pero
además despejaron cualquier duda de que sus títulos
acabarían hundiéndose totalmente. Goldman, Sachs
Trading Corporation que cerró la víspera a 60, acabó
la jornada en 35. Su patrocinado Blue Ridge que se vendió
en septiembre a 24, abrió a 12 retrocediendo hasta 3 aunque
finalmente consiguió recuperar algo.
La
primera semana se cobró las víctimas inocentes,
la segunda semana la inmensa cantidad de títulos ofrecidos
junto con la imagen vacía de las salas donde se exponían
las pizarras y los tickers sugería que en esta ocasión
el peso de las víctimas era mayor.
Por
dos veces se reunieron los banqueros el día 29, pero incluso
esto había dejado de sorprender al público. Había
fundadas sospechas de que incluso estos había empezado
a vender. Nadie creía ya en el sostén organizado.
Las
sociedades y bancos de fuera de New York comprendieron el aviso
del día 24 y estos que alcanzaron cotas elevadas de prosperidad
valiéndose de los suculentos tipos de interés de
los préstamos bursátiles retiraron de New York una
cifra superior a los 2.000 millones, a pesar de que sus fondos
nunca estuvieron realmente comprometidos. Los bancos de New York
por el contrario aumentaron en 1.000 millones sus préstamos
evitando con ello que se uniese un pánico monetario a la
situación, pues nadie hubiese podido pedir un préstamo
para cubrir el descenso de los valores.
El
caos acontecido aquellos días en el entorno de la Bolsa
fue total. Había que pagar una prima para conseguir una
habitación de hotel, los restaurantes permanecían
abiertos de 15 a 24 horas, algunas empresas necesitaban de algunos
días para averiguar si aún eran solventes, órdenes
incumplidas en las papeleras de los agentes.
La
Comisión de Gobierno de la Bolsa de New York era la única
que podía tomar la decisión de cerrar la Bolsa,
sus reuniones inducían al pesimismo en el mercado pero
todas formas se reunió el martes 29, tras una posterior
reunión celebrada por la tarde se decidió no cerrar
la Bolsa, aunque se concederían algunas fiestas especiales
y sesiones de corta duración. El anuncio de dichas medidas
se haría público cuando el mercado se encontrase
lo suficientemente fuerte como para poder encajarlas.
El
miércoles 30 se produjo una reacción tan inesperada
como impresionante. El índice industrial del Times recuperó
31 puntos de los 43 perdidos la jornada anterior, los precios
subían constantemente y la contratación fue muy
elevada.
Se
cree que un discurso radiofónico pronunciado la noche del
29 por Julius Klein, subsecretario de Comercio, recordando las
palabras de Hoover sobre la firmeza de las actividades económicas
básicas del país, junto con el anuncio de algunas
compañías de que realizaran dividendos extra y unas
declaraciones de J.D. Rockefeller anunciando que estaba comprando
algunas acciones convencido de la buena salud económica
del país pudieron propiciar la reacción.
Richard
Whitney (presidente en funciones) creyó oportuno el momento
para anunciar que la Bolsa abriría el jueves a medio día
y que viernes y sábado permanecería cerrada. La
noticia fue felizmente acogida por el público.
El
jueves 31 en sólo tres horas de sesión se negociaron
más de siete millones de títulos y se produjeron
aumentos importantes. El índice industrial del Times volvió
a subir 21 puntos. El informe del Banco de la Reserva Federal
destacó la reducción de mil millones, en la última
semana de los préstamos bursátiles así como
la bajada de la tasa de redescuento del 6 al 5%. Los préstamos
en el call marquet parecían haberse estabilizado
en el 25% e hicieron su aparición en el mercado abierto
obligaciones de compra de bonos que perseguían forzar una
reducción de los tipos de interés y liberalizar
la oferta de crédito.
Los
tres días de cierre de la Bolsa sirvieron para corregir
los errores cometidos durante los colapsos de días anteriores
y parecieron servir igualmente para tranquilizar los ánimos
y devolver las esperanzas a juzgar por las reacciones del miércoles
y el jueves. Pero la semana que estaba por comenzar únicamente
se vio superada en lo negativo por la que acababa de terminar.
El
lunes los valores negociados superaron los 6 millones y el índice
industrial del Times retrocedió 22 puntos. La reflexión
del fin de semana se decantó por la venta. El "mecanismo
de la palanca", frase tan comentada sólo dos semanas
antes funcionaba ahora a la inversa haciendo añicos los
valores de los trusts. El precio de sus acciones descendía
a velocidad de vértigo, las acciones ordinarias quedaban
sin cobertura alguna.
Cualquier
comentario acerca de que alguien hubiese sido víctima del
crac, servía para que sus acreedores cayesen sobre él
en masa. Aquellos con necesidad de vender para hacer frente a
los requerimientos de garantías descubrían que sus
títulos de trust carecían totalmente de valor
y no les quedaba otra salida que utilizar aquellos todavía
solventes. Acciones de importantes compañías salían
a la venta en cantidades desproporcionadas con la consiguiente
desestabilización de sus precios.
Por
otro lado los trusts otrora solventes participaron en
el negocio de los call loans ó call marquet,
facilitando los recursos para financiar su propia especulación.
Habían invertido en otros trusts, con lo que la
caída de uno de ellos azotaba violentamente a sus patrocinadores.
En un intento de estabilizar sus precios invirtieron en ellos
mismos. Sin conseguir ningún efecto derrocharon su liquidez
en valores que continuamente se despreciaban.
El
martes 5 se celebraban elecciones a la alcaldía de New
York, la sesión aunque reducida alcanzó casi los
6 millones de acciones negociadas. El retroceso del índice
industrial del Times fue de 37 puntos. Steel perdió 16
enteros; Otis Elevator 45.
En
el exterior las noticias no eran menos desalentadoras, el efecto
del descalabro empezaba a sentirse en sectores como el ferrocarril,
el acero e incluso a las lonjas de contratación con terribles
caídas en los precios del trigo y el algodón.
Tras
una reacción del mercado en la jornada del jueves el viernes
volvió a caer levemente. El índice industrial del
Times perdería 50 puntos en los tres primeros día
(en jornada reducida) de la semana que comenzó el 11 de
noviembre.
CAPÍTULO
VII.
Primera cosecha de consecuencias.
La
leyenda del crac del 29 surgió casi paralelamente a los
fatídicos días y el mito del suicidio forma parte
de esta leyenda. Pero este mito no se corresponde nada con la
realidad. La tasa de suicidios venía experimentando un
aumento hasta 1929 y fue en los primeros años de la presión
donde éste aumentó significativamente. Precisamente
en los meses del crac y enero y febrero de 1930, la cifra de suicidios
fue especialmente baja, en cambio, durante los prósperos
meses de verano las cifras fueron sustancialmente más altas.
La
creencia generalizada de que los especuladores frustrados poseen
una elevada tendencia a la autodestrucción junto con las
supuestas atribuciones de la crisis de los suicidios que se producían,
parecen haber dado pie al mito. Los periódicos aportaron
su granito de arena, publicando trágicos suicidios, la
mayoría de los cuales tampoco correspondían con
el otro mito de lanzarse por una ventana.
Aún
así es cierto que importantes financieros decidieron quitarse
la vida. JJ. Riordan fue tesorero durante una de las campañas
del alcalde Walker y también de Al Smith. Su suicidio fue
un alarde de discreción. La noticia no se conoció
hasta el día siguiente a medio día con el objeto
de que la Country Trust Company (de la cual era presidente y su
amigo Al Smith miembro del consejo de directores) no se viera
perjudicada. Se difundió el resultado de una revisión
de sus cuentas en las que se mostraba que los fondos no se vieron
afectados, aunque posteriormente se descubrió que Riordan
estaba implicado hasta el cuello en asuntos relacionados con el
mercado de valores.
Ivar
Krenger se suicidó un sábado de 1932, la noticia
se pospuso hasta el cierre de la Bolsa de New York.
Más
relevantes que los suicidios fueron las cifras de estafas. Estas
prosperaron durante la época de bonanza, cuando la entrada
en masa del dinero propiciaba la confianza y la relajación.
Éstas se convirtieron en recelo y sospecha con la llegada
de la depresión y muchas de dichas estafas salieron a la
luz.
Se
ordenó la inmediata revisión de las cuentas y aproximadamente
una semana después del crac, los informes de empleados
que habían estafado a sus compañías ocupaban
a diario las páginas de los periódicos.
La
estafa más significativa fue quizás la del Union
Industrial Bank, de Flint, Michigan. Varios empleados sustrajeron
fondos por su cuenta descubriéndose unos a otros posteriormente,
de modo que decidieron organizarse y cooperar. Se publicó
que la estafa ascendió a 8.592.000 dólares.
La
mayor parte de aquellos que estafaron a sus empresas en aquella
época fueron personas insignificantes cuya entrada en el
mercado se vio posteriormente comprometida. Pero también
se descubrieron las especulaciones que Kreuger, Hopson, and Insull
realizaban con el dinero de otras personas.
El
13 de noviembre el mercado alcanzó el nivel mínimo
de aquél año. Significó por el momento el
final de la crisis. El índice industrial del Times cerró
a 224, casi la mitad de los 452 del 3 de septiembre. Durante el
resto de noviembre y diciembre la tendencia del mercado fue moderadamente
alcista. La contratación disminuyó considerablemente
también sus cifras.
Aquel
final coincidió con un anuncio por parte de la Bolsa de
New York de una investigación de la especulación
a la baja, con el objeto de desenmascarar a aquellos que un día
atentaron el mercado con su influencia y ahora la utilizaban para
precipitar su caída y sacar tajada del desastre.
El
presidente Hoover ante los ya incontestables datos de cómo
el crac empezaba a afectar a los "valores fundamentales del
sistema económico", anunció una reducción
de impuestos y celebraba frecuentes reuniones con destacados empresarios
industriales, en las que estos ofrecían a la prensa su
opinión sobre las perspectivas económicas, siendo
ésta en todos los casos altamente esperanzadora. Todo esto
con el objeto de una contribución a la expansión
de las invenciones económicas y restauración de
la confianza general de Hoover fue pionero en esas reuniones de
protocolo de las que no salía ninguna acción positiva
pero que daban la impresión de que realmente se estaba
haciendo algo. Hoover creía firmemente en ellas y además
era absolutamente contrario a cualquier acción gubernamentalmente
de envergadura para combatir la depresión. Algo que ningún
líder político responsable se hubiera atrevido a
hacer.
En
1939 el mercado inició durante los tres primeros meses
una notable recuperación que se debilitó en abril
y que acabó retrocediendo gravemente en junio. Hasta junio
de 1932 el mercado estuvo marcado por una constante tendencia
a la baja, salpicada por unas pocas excepciones.
El
mercado continuó bajando hasta cifras terroríficas.
El índice industrial del Times que cifró su mínimo
de 1929 en 224 llegó a señalar 58 eel 8 de julio
de 1932 (sólo el descenso del 28 de octubre de 1929 fue
de 43). O.S. Steel que el 3 de septiembre de 1929 alcanzó
las 262 bajo las 22 de aquel 8 de julio. General Motors llegó
a venderse a 8, cuando llegó a alcanzar los 73. Tel and
Tel pasó de 304 a 72.
Los
todopoderosos trusts del auge se hundieron estrepitosamente.
Blue Ridge llegó a venderse a 63 centavos Shenandoah a
50 centavos. United Founders y American Founders bajaron hasta
50 centavos aproximadamente (70 y 117 dólares el 3 de septiembre
de 1929).
Sin
embargo, aún siguieron siendo muchos los esfuerzos por
restablecer la confianza, entre ellos los del presidente Hoover.
Pero por entonces ni siquiera la actividad económica les
servía de argumento. Durante la semana del 8 de julio de
1932, Iron Age anunció que las acererías habían
alcanzado el 12% de su capacidad productiva.
CAPÍTULO
VIII.
Segunda
cosecha de consecuencia.
El
crac arrasó la fortuna de muchos americanos pero también
acabó con la reputación de otros tantos. No se consideraron
responsables a aquellos que, durante el crac, hicieron declaraciones
sobre la buena coyuntura económica pues se pensó
que no eran realmente conscientes de la situación económica;
sin embargo hubo algunas excepciones.
El
presidente Hoover fue objeto de comentarios públicos tras
sus continuas predicciones sobre la inminente prosperidad. La
Harvard Economic Society se mantuvo pesimista hasta el verano
del 29 para ceder después al optimismo de aquellos meses
y se mantuvo en esa línea durante los dos primeros años
de la depresión. Carente de credibilidad, la sociedad se
disolvió algo más tarde.
Posteriormente,
el profesor Irving Fisher, intentó justificar sus desatinadas
observaciones e incluso sugirió que la situación
se vio afecta da por " la psicología del pánico
populacho vulgar y ruín" pues éste no vendió
si no que le vendieron hasta que lo liquidaron. Algo más
tarde volvió a intentarlo publicando un libro, en el que
consideraba las pérdidas como consecuencia de las ulteriores
ganancias y que llegarían a verse reflejados favorablemente
en la economía los efectos de la prohibición. El
libro tuvo una escasa acogida.
Goldman,
Sachs and Company consiguió rescatar a su firma de los
errores cometidos con sus patrocinaciones; volvió a su
anterior conducta conservadurista y sobrevivió finalmente
llegando incluso a alcanzar fama por su prudencia.
El
crac afectó especialmente a los dos mayores bancos de New
York, el Chase y el National City, a quienes, además de
sufrir la general maledicencia, acusaron de ser presididos por
dos relevantes jugadores bursátiles. El National City estaba
presidido por Charles E. Mitchell, uno de los grandes gurus de
la nueva era, especialmente dotado para los grandes titulares.
En otoño de 1929 surgieron rumores sobre su dimisión;
ésta no se produjo. Además, desapareció de
los periódicos durante dos ó tres años. El
21 de marzo de 1933 fue arrestado y acusado de fraude fiscal.
Mitchell operó con el papel de su propio banco. En una
de las operaciones de fusión bancario, de moda por aquél
entonces, la oferta a los accionista Corn Exchange Bank consistía
en cambiar acciones a razón de 5 a 4 por las del National
ó recibir 360 dólares en efectivo (el precio del
papel del National estaba por encima de 500).
Con
la llegada del crac, el descenso del valor de las acciones del
National, podía dar lugar a que los accionistas del Corn
Exchange Bank se decantasen por la segunda opción, significando
un desembolso de 200 millones para el National City. Mitchell
decidió actuar y, tras obtener un préstamo de J.P.
Morgan de 12 millones, comenzó a comprar papel del National
City. La operación fracasó. Los accionistas del
National City repudiaron la dirección y rechazaron el acuerdo
con el Corn Exchange Bank por lo que Mitchell quedó debiendo
a Morgan una gran cantidad de dinero.
Mitchell
cobraba 25.000 dólares anuales, pero el particular sistema
de incentivos del banco le proporcionó 1.316.634´14 dólares
en 1928 y sólo en el primer semestre de 1929 la cifra fue
de 1.008.000 dólares. Éste no hubiese tenido dificultades
en vender parte del stock National City y, reducir con ello las
importantes cargas fiscales que resultaban de estos y otros devengos.
El stock figuraba como fianza del préstamo de J.P. Morgan,
pero esto no impidió que Mitchell vendiese el stock a su
mujer, compensando de esta forma todas sus responsabilidades de
aquel año. Él mismo declaró más tarde
en una audiencia del senado que ése fue el propósito
de la operación, lo que le valió el posterior procesamiento
del que fue absuelto. Pero más tarde, perdió una
demanda civil por los impuesto y se le impuso por ello una multa
de 1 millón de dólares.
Algo
mejor parado salió Chase, cuyo Consejo de Administración
estaba presidido por Albert H. Wiggin. Éste recibió
275.000 dólares de sueldo en 1929 como director de la misma.
Además, dirigió otras 59 sociedades de las que recibía
sus correspondientes nóminas. A todo esto hay que añadir
unas cuantas compañías particulares.
Wiggin,
al igual que Mitchell, manipuló los títulos de su
propio banco, siendo financiadas aquellas operaciones por la misma
Chase. Su participación en varias y diversas operaciones
en el mercado (pool´s y operaciones a la baja entre ellas), le
proporcionaron sustanciales beneficios, incluso cuando muchas
otras personas lo estaban pasando mal.
En
1932, próximo a cumplir 65 años, pidió no
ser reelegido. El Comité de Dirección decidió
concederle un salario vitalicio en agradecimiento (al parecer
a instancias del propio Wiggin). Después de su retirada,
una Comisión del Senado investigó las actividades
de Wiggin. Algo más tarde, él mismo renunció
al subsidio.
El
descubrimiento de alguien malo entre los amigos de los enemigos,
ha sido siempre una herramienta muy utilizada en política.
Con la llegada del New Deal del Partido Demócrata, los
pecados de Wall Street se convertían en los pecados del
Partido Republicano. El descubrimiento de la culpabilidad en diversos
asunto de Wiggin y Mitchell se convirtió indudablemente
en un gran golpe de efecto. Pero a los ojos de la gente, no era
en esa parte de Wall Street donde había que buscar a los
verdaderos culpables; para estos, aquellos que traficaron no sólo
con su propio dinero sino con la riqueza del país operaban
desde el mercado de valores.
En
1932 la Comisión Senatorial de Moneda y Banca y posteriormente
una subcomisión, inició la búsqueda de aquellos
culpables con sede en el mercado de valores. Pese a que posteriormente
fueron los banqueros comerciales de inversiones y privados quienes
quizá más sufrieron sus consecuencias, el objetivo
inicial era el mercado de valores.
El
11 de abril de aquél mismo año Richard Whitney inauguró
como testigo la primera audiencia. Éste se había
convertido en presidente de la Bolsa de New York tras la retirada
de su predecesor en 1930. La Junta de Gobierno consideró
"eficiente y consciente" su gestión como presidente
en funciones los días del crac. En sus declaraciones Whitney,
no admitió la existencia de faltas graves en la pasadas
operaciones de la Bolsa y señaló al Gobierno como
responsable de los malos tiempos que acaecían. Se mostró
partidario de una solución basada en reducir las pensiones
y todas las nóminas gubernamentales excepto la suya, pues
le parecía muy pequeña (unos 60.000 dólares,
seis veces más que un senador). No se sacó nada
de este interrogatorio y la Comisión dirigió su
investigación hacia los famosos jugadores de Bolsa. De
ésta sólo se obtuvo lo que ya se sabía, que
varios de éstos se habían visto envueltos en manipulaciones
para elevar los stocks. La dudosa conducta de los manipuladores
del mercado no implicaba directamente la reputación de
la bolsa dNueva York. Los miembros de la bolsa superaron no sin
algunas dificultades las investigaciones de aquellos años
y al parecer, su ética comercial durante los años
veinte habría sido aceptable y en algunas ocasiones hasta
rigurosa.
El
10 de marzo de 1938 el fiscal del distrito, que en su día
arrestó a Mitchell, arrestaba a Richard Whitney con el
cargo de hurto de mayor cuantía. Al día siguiente
se le volvía a detener; ésta vez por el fiscal general
del Estado de Nueva York.
Whitney
resultó ser un pésimo hombre de negocios, y la acumulación
de arios negocios ruinosos le obligaron continua y progresivamente
a solicitar créditos para mantenerlos. Ante el terrible
deterioro de su solvencia y, su necesidad de crédito, utilizó
valores de otras personas colocados bajo su custodia como garantía
de sus préstamos. Incluso llegó a utilizar para
ello títulos pertenecientes al fondo de gratitud de la
Bolsa (éste servía para hacer pagos a familiares
de miembros de la Bolsa fallecidos). El 8 de marzo de 1938 se
suspendió a Richard Whitney and Company por insolvencia.
Whitney detalló sus actividades y renunció a su
defensa.
Pese
a todo, estas cantidades no se acercaban ni de lejos a las estafadas
por otros Ivar Kreuger, pero la indentificación de Whitney
con la Bolsa, junto al hecho de que fuese republicano y archiconservador,
supuso la mayor hazaña de descrédito del New Deal.
Hasta
el caso Whitney, Wall Street había permanecido firme en
la convicción de su derecho al autogobierno a una sociedad
fiera en general y a un mercado de valores en particular. Aquello
significó el triunfo del New Deal y su teoría sobre
la necesidad de regular la bolsa.
Mediante
la ley sobre Títulos y Valores de 1933 y la de Contratación
de Títulos y Valores de 1934 la bolsa de Nueva York y todas
las demás serían reguladas por los poderes públicos,
creándose la Comisión de Valores y Bolsas. A las
nuevas emisiones de títulos se les exigía una completa
y cabal declaración. Se prohibieron las operaciones interiores
y las ventas a la baja. El Consejo de la Reserva Federal recibió
competencias para regular los porcentajes de las fianzas de las
operaciones a plazo. Tampoco se permitían las operaciones
en pool, las ventas masivas, extender rumores confidenciales ó
en formaciones claramente falsas y otros procedimientos para provocar
alzas y bajas artificiales, así como todo tipo de manipulaciones.
CAPÍTULO
IX.
Causa
y efecto.
Después
del crac llegó La Gran Depresión, que duró
10 años (la intensidad de ésta fue mayor en unos
años que en otros). Hasta 1939 no se volvió a alcanzar
el volumen físico de producción de 1929. Hasta 1941
el valor de la producción en dólares fue menor que
el de 1929. En la década de los 30, únicamente en
1937 se consiguió bajar de los 8 millones el número
de parados. En 1933 éste número llegó casi
a 13 millones, uno por cada cuatro. En 1938 esta relación
era todavía de uno de cada cinco.
Resulta
difícil explicar las causas de la depresión. Numerosas
publicaciones posteriores explicaban que se hizo mal y porqué,
pero de estas contundentes afirmaciones, también puede
extraerse una cierta inseguridad.
No
sería coherente conceder crédito a aquellas teorías
que sostienen la existencia de una evolución cíclica
de la economía. Aún así muchos creían
que tras una época de prosperidad era inevitable una época
de penalidades, ó bien que la prosperidad se destruye a
si misma dando lugar a la depresión que del mismo modo
se corrige a si misma. La relativa prosperidad de los años
20 no tenía porqué llevar implícita la depresividad
de los 30. Tiempos menos buenos han podido dar lugar a otros mejores
ó por el contrario, han podido generar otros peores. Tampoco
podríamos considerar como cierto que la economía
deba de vez en cuando descansar para luego renacer. La fuerza
de trabajo de 1929 podía haber mantenido su ritmo de producción
e incluso aumentarla. La instalaciones habían sido renovadas
y mejoradas en los años precedentes y las materias primas
eran suficientes para mantener los ritmos de producción.
Así mismo se había sugerido que la producción
de los años 20 había superado las necesidades de
los consumidores. Sin embargo, no hay pruebas de que el deseo
de automóviles, ropa, viajes y hasta alimentos por parte
de los consumidores estuviese saturado. Por el contrario sí
se observaron indicios de que existía la capacidad para
que el consumo hubiese aumentado aún más.
¿Cuáles
son, entonces, las causas de la depresión?. Por un lado,
la causa del descenso de la actividad económica en 1929
podría explicarse de varias maneras. Por una parte, se
considera que inicialmente el creciente entusiasmo ante las perspectivas
de la demanda trajo consigo un aumento del volumen de los stocks
deseados. En consecuencia, se redujeron las compras con un consiguiente
retroceso de la producción. Por otra parte, una opinión
favorablemente acertada, considera que el fuerte aumento de la
productividad por trabajador produjo beneficios que únicamente
repercutieron en los bolsillos de los opulentos ya que los salarios
y los precios permanecieron relativamente estables. El destino
de estos beneficios, que en parte alimentaron el auge del mercado
de valores, recayó en su mayor parte en importantes inversiones
de capital. El aumento del gasto en viviendas, coches, mobiliario
etc. fue del 5`9% mientras que los bienes de consumo no duraderos
sólo aumentaron un 2`8% anual. De éste modo la interrupción
del gasto de inversión provocaría la crisis.
Otras
teorías atribuyen las causas a los altos tipos de interés
que podrían haber frustrado la inversión. De todas
formas, la crisis de la economía hasta bien entrado el
otoño del 29 no era relevante, y sólo a partir de
noviembre comenzó a mostrar indicios de un penoso futuro.
Es
evidente- en contra de lo que afirmaban varios personajes de la
época- que la economía funcionaba fundamentalmente
de modo incorrecto. Podrían señalarse cinco puntos
débiles del sistema que hubiesen provocado el desastre:
1º.
La pésima distribución de la renta; el 5%
de la población recibía aproximadamente la tercera
parte de toda la renta personal de la nación. De ésta
forma, la economía se asentaba sobre un alto nivel de inversión
ó un alto nivel de consumo suntuarios susceptibles ambos
a las noticias procedentes del mercado de valores en 1929.
2º.
La muy deficiente estructura de las sociedades anónimas;
los holdings y trusts de inversión controlaban amplios
sectores de las sociedades por acciones. Éstas sostenían
con sus dividendos la carga de los intereses de las obligaciones
de los nuevos holdings. Las consecuencias de la suspensión
de beneficios de las primeras suponía el no poder atender
los intereses de dichas obligaciones, con lo que finalmente se
llegaría a la bancarrota.
3º.
La pésima estructura bancaria; numerosas operaciones
realizadas por los banqueros, préstamos perfectamente correctos
en su momento, pasaron con la depresión a convertirse en
funestas operaciones debido al derrumbe de los precios del prestatario,
de los mercados para sus garantías ó del valor de
las garantías subsidiarias. No se puede hablar de imprudencia
generalizada en el caso de los banqueros, pero sí de una
frágil estructura bancaria. En un momento optimo, como
fueron los 6 primeros meses de 1929, quebraron 346 bancos como
consecuencia de la reacción en cadena que podía
provocar la quiebra de uno sólo de ellos. La situación
se agravó durante los años de la depresión.
Lo frágil no sólo destruía otros mecanismos
frágiles sino que también contaminaba lo fuerte.
Todo esto afectó consecuentemente al gasto de sus depositantes
y la inversión de sus clientes.
4º.La
dudosa situación de la balanza de pagos; Estados Unidos
se convirtió durante la 1ª guerra mundial en acreedor internacional.
El cobro de los intereses y el capital se añadían
a esta balanza que, dicho de paso, no era ni mucho menos enorme.
Durante los años 20 ésta diferencia en la balanza
de pagos se cubrió en su mayoría con pagos en efectivo
y con nuevos préstamos a otros países. La mayoría
de estos se colocaban en Alemania, América Central y América
del Sur. La inestabilidad política de estos países
hizo que alguno de los préstamos no llegaran a cobrarse.
Otra de las formas de restituir la deuda consistía en operaciones
de exportación con Estados Unidos. El presidente Hoover
y el congreso actuaron para evitar esa posibilidad y elevaron
fuertemente los aranceles. Ésta medida provocó que
las deudas no pudiesen ser satisfechas e incluso llegó
a afectar a las exportaciones norteamericanas repercutiendo especialmente
en la agricultura.
5º.Los
míseros conocimientos de la economía de la época;
parece cierto, que los economistas y aquellos que ofrecieron consejo
económico durante finales de los 20 y principio de los
30, eran malos economistas y consejeros.
La
insuficiente reducción de los impuestos efectuada por Hoover
se unió a un llamamiento a los empresarios para que mantuviesen
la inversión y los salarios; ésta situación
llegó a hacerse insostenible.
La
otra medida propuesta por el Gobierno, aceptada también
por el Partido Demócrata, fue el compromiso de equilibrar
el presupuesto. Pero aquello que significaba no aumentar los gastos
públicos ni reducir más los impuestos se tradujo
en la disminución del gasto público y el aumento
de los impuestos. La experiencia que entonces parecía conveniente
se convirtió en crisis a la larga, afectada principalmente
por la elevada tasa de paro.
Los
consejeros económicos del país llegaron aún
más lejos. Demócratas y Republicanos resucitaron
el fantasma de la inflación (en un momento de singular
deflación) y se mostraron contrarios a reducir los tipos
de interés, con el objeto de facilitar el crédito
ante el temor de la devaluación del dólar y porque
ésta medida violaba las reglas del patrón oro.
La
importancia relativa del crac en la crisis de los años
30 ha de valorarse a la luz de las mencionadas taras de la economía.
A esto hay que añadir la influencia del propio descrédito
de Wall Street sobre el sistema.
Sus
consecuencias afectaron en primer lugar a los ricos y pudientes,
que en aquellos años constituían un sector relevante
en la economía del país pues la interrupción
de la inversión y el gasto de éste grupo afectó
a toda la economía de Estados Unidos. Por otra parte, el
crac retiró de la economía el gasto procedente de
las ganancias de la bolsa. Sacó a la luz y agudizó
posteriormente las carencias de la estructura de las sociedades
anónimas y las empresas se vieron obligadas a sobrevivir
de su producción. El descalabro de los trusts y los holdings
repercutieron en la concesión de créditos, especialmente
los de inversión. La restricción a la que se vieron
sometidas la empresas se tradujo en un creciente desempleo.
Los
créditos del exterior, que habían equilibrado la
balanza internacional de pagos, fueron liquidados. Si bien es
cierto que la balanza de pagos necesitaba un reajuste no es menos
cierto el que éste viniese en el peor momento.
La
tan utilizada "solidez" de la economía demostró
no ser tal. No hay duda de que de haber sido cierto esto, las
consecuencias habrían sido mucho menores y, como en otras
crisis anteriores, el crac habría sido superado.
El
crac del 29 queda para la historia como un triste ejemplo de algo
que no debe volver a suceder. Al terminar los días de desencanto
nada parecía menos probable que otro desmedido auge y su
posterior derrumbe.
Las
nuevas medidas y controles gubernamentales hacen muy difícil
que algo así vuelva a repetirse. El ahora Consejo de Gobernadores
del Sistema de la Reserva Federal goza de importantes atribuciones
respecto a los bancos locales de la Reserva y los Bancos miembros.
Existen disposiciones legales que regulan los requerimientos de
fianzas en las operaciones a plazo, con poder para obligar al
pago del 100% del capital de compra.
Pero
no hay que olvidar la natural tendencia especulativa del pueblo
norteamericano y el hecho de que esta pueda volver a surgir. Los
instrumentos que ahora gozan los estamentos gubernamentales son
una eficaz arma disuasoria. Pero podía volver a surgir
el temor a utilizarla igual que sucedió en 1929, por los
efectos que pudiese producir en un momento políticamente
inoportuno y por la virtud de identificar al verdugo que tienen
estas muertes inmediatas. La llegada de un nuevo auge con su correspondiente
crac no tendría afortunadamente las mismas tristes consecuencias
que en 1929. Muchas de las taras que se revelaron en 1929 has
sido subsanadas de forma importante. La distribución de
la renta no es tan decantada por un sector como entonces; las
promociones de los grandes trusts has desaparecido ó se
han convertido en prudentes entidades. Los holdings pirámide
en base a la ley que también obliga al encaje de los depósitos
bancarios en el sistema de la reserva federal. El problema de
la balanza de pagos a cambiado mucho desde entonces, con nuevas
y menos ofensivas formas de equilibrar la misma. Los conocimientos
también han experimentado su aumento y existe una mayor
preparación para enfrentarse a una depresión grabe.
La
importancia relativa del crac en la crisis de los años
30 ha de valorarse a la luz de las mencionadas taras de la economía.
A esto hay que añadir la influencia del propio descrédito
de Wall Street sobre el sistema.
Sus
consecuencias afectaron en primer lugar a los ricos y pudientes,
que en aquellos años constituían un sector relevante
en la economía del país pues la interrupción
de la inversión y el gasto de éste grupo afectó
a toda la economía de Estados Unidos. Por otra parte, el
crac retiró de la economía el gasto procedente de
las ganancias de la bolsa. Sacó a la luz y agudizó
posteriormente las carencias de la estructura de las sociedades
anónimas y las empresas se vieron obligadas a sobrevivir
de su producción. El descalabro de los trusts y los holdings
repercutieron en la concesión de créditos, especialmente
los de inversión. La restricción a la que se vieron
sometidas la empresas se tradujo en un creciente desempleo.
Los
créditos del exterior, que habían equilibrado la
balanza internacional de pagos, fueron liquidados. Si bien es
cierto que la balanza de pagos necesitaba un reajuste no es menos
cierto el que éste viniese en el peor momento.
La
tan utilizada "solidez" de la economía demostró
no ser tal. No hay duda de que de haber sido cierto esto, las
consecuencias habrían sido mucho menores y, como en otras
crisis anteriores, el crac habría sido superado.
El
crac del 29 queda para la historia como un triste ejemplo de algo
que no debe volver a suceder. Al terminar los días de desencanto
nada parecía menos probable que otro desmedido auge y su
posterior derrumbe.
Las
nuevas medidas y controles gubernamentales hacen muy difícil
que algo así vuelva a repetirse. El ahora Consejo de Gobernadores
del Sistema de la Reserva Federal goza de importantes atribuciones
respecto a los bancos locales de la Reserva y los Bancos miembros.
Existen disposiciones legales que regulan los requerimientos de
fianzas en las operaciones a plazo, con poder para obligar al
pago del 100% del capital de compra.
Pero
no hay que olvidar la natural tendencia especulativa del pueblo
norteamericano y el hecho de que esta pueda volver a surgir. Los
instrumentos que ahora gozan los estamentos gubernamentales son
una eficaz arma disuasoria. Pero podía volver a surgir
el temor a utilizarla igual que sucedió en 1929, por los
efectos que pudiese producir en un momento políticamente
inoportuno y por la virtud de identificar al verdugo que tienen
estas muertes inmediatas. La llegada de un nuevo auge con su correspondiente
crac no tendría afortunadamente las mismas tristes consecuencias
que en 1929. Muchas de las taras que se revelaron en 1929 has
sido subsanadas de forma importante. La distribución de
la renta no es tan decantada por un sector como entonces; las
promociones de los grandes trusts has desaparecido ó se
han convertido en prudentes entidades. Los holdings pirámide
en base a la ley que también obliga al encaje de los depósitos
bancarios en el sistema de la reserva federal. El problema de
la balanza de pagos a cambiado mucho desde entonces, con nuevas
y menos ofensivas formas de equilibrar la misma. Los conocimientos
también han experimentado su aumento y existe una mayor
preparación para enfrentarse a una depresión grabe.
Por
otro lado, los sectores más débiles de la economía
como la agricultura, se han visto posteriormente reforzados y
las reformas sociales y fiscales protegen y sostienen la renta,
y por tanto el gasto de otros sectores de población.
En
un futuro, la lección aprendida y los esfuerzos realizados
para evitar una situación parecida deberían ser
suficientes. Sin tras un desmedido auge especulativo debe llegar
un espectacular derrumbe, Wall Street debería ser el primero
en evitarlo. Tampoco sería conveniente para bancos, agentes
de cambio y bolsa. Todos ellos deberían advertir a las
autoridades y al público. Pero aunque Wall Street también
ha sufrido cambios que protege su reputación, algo en la
naturaleza del hombre le lleva, a sabiendas de que algo va mal,
a decir que va fundamentalmente bien.
Por
otro lado, los sectores más débiles de la economía
como la agricultura, se han visto posteriormente reforzados y
las reformas sociales y fiscales protegen y sostienen la renta,
y por tanto el gasto de otros sectores de población.
En
un futuro, la lección aprendida y los esfuerzos realizados
para evitar una situación parecida deberían ser
suficientes. Sin tras un desmedido auge especulativo debe llegar
un espectacular derrumbe, Wall Street debería ser el primero
en evitarlo. Tampoco sería conveniente para bancos, agentes
de cambio y bolsa. Todos ellos deberían advertir a las
autoridades y al público. Pero aunque Wall Street también
ha sufrido cambios que protege su reputación, algo en la
naturaleza del hombre le lleva, a sabiendas de que algo va mal,
a decir que va fundamentalmente bien.
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